OLOR A PEST

Hasta hoy día, todos los edificios con corredor de Pest tienen a su señora Nusi o a su señora Pötyi o a su señora Babi. En verano, se ponen sus batas de casa, conseguidas quién sabe cómo, encima del sujetador, y en invierno, encima de unos pantalones de chándal. A primera hora de la mañana barren la nieve, las hojas secas o el polvo. Gyula, querido, póngame un kilito de esas chuletas, es que vienen los hijos, le dicen a su carnicero en el mercado. Vuelven a casa cojeando, se entretienen con sus cosas. Ellas son las responsables del típico olor a Pest, compuesto de pisto, gato, lejía y lirio esmeradamente regado, que brota de los portales en las tardes de verano. Tienen un teléfono tonto, sus hijos les han apuntado en un trozo de papel la contraseña y que hay que pulsar el botón verde cuando suena. Pasan las noches sentaditas en sus impecables cocinas, las más aventureras en el corredor, y escuchan al edificio, escuchan a Pest. Y siguen vivas.

Lola Welbach, Budapest, Hungría.

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